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COMUNIDAD LATINA HOLY TRINITY
Los llamó, dejaron a su padre en la barca y se marcharon con él. La palabra “seguimiento”, si la aplicamos a nuestra actitud ante Cristo y su mensaje, no debemos entenderla en un sentido literal. Literalmente, nosotros ahora no podemos seguir a Cristo. Literalmente, por supuesto, mucho menos podemos imitarle. Los apóstoles sí pudieron seguirle, en sentido literal, aunque tampoco pudieran del todo imitarle. Seguir a Cristo, en sentido literal, supuso para los apóstoles dejarlo todo y seguir a Cristo en su vida ambulante, por los caminos de Galilea, predicando el reino de Dios, la Buena Noticia, el Evangelio. En nuestro tiempo, dejarlo todo y seguir a Cristo se aplica únicamente, en un sentido restrictivo, a la vida consagrada, a los curas, frailes y monjas, a las personas que dejan todo, familia y posesiones, para seguir a Cristo. Pero, evidentemente, Cristo no llama a todos a la vida consagrada. Ni siquiera nos atrevemos a decir hoy, como se dijo durante mucho tiempo, que la vida consagrada sea, por sí misma, un estado de perfección superior a la vida de los cristianos que siguen a Cristo como laicos, dentro o fuera del matrimonio. Todos los cristianos estamos llamados a la perfección, cada uno dentro de nuestro estado propio. Nuestra perfección cristiana depende más de la santidad personal, que del estado al que pertenecemos. Hay muchos cristianos laicos más santos que algunas personas consagradas y hay personas consagradas más santas que algunos cristianos laicos. Cristo nos invita a todos a seguirle para alcanzar la perfección cristiana, pero cada uno debemos buscar nuestra perfección dentro del estado de vida al que nos hayamos sentido llamados.
Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. A esto les invitó Jesús: a vivir como él y a ser pescadores de hombres. Lo primero que deberían hacer los discípulos de Jesús era vivir ellos mismos como vivía el Maestro. Compartiendo con él sus ocupaciones y preocupaciones, sus intereses, que no eran otros que los de instaurar en la tierra un verdadero reino de Dios, un reino, un mundo en el que triunfara la justicia, el amor y la paz. Los discípulos de Cristo debían seguir a Cristo, vivir como vivía él, es decir, compartiendo su actitud vital ante el Padre Dios y ante los hombres, sus hermanos. El amor a Dios y el amor al prójimo deberían ser su mandamiento sagrado e irrenunciable. Pero, además de intentar vivir ellos como vivía el Maestro, deberían intentar también que todas las personas conocieran y vivieran como vivía Jesús, es decir, que fueran de verdad pescadores de hombres. Intentar atraer y convencer a los demás con las armas de Jesús, con las armas del evangelio, con el ejemplo, con la palabra, con el propósito ardiente de hacer posible en la tierra un verdadero reino de Dios.
Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio. Para entrar en el reino de Dios, para formar parte de este reino, lo primero que hay que hacer es convertirse, creer en el evangelio. Convertirse a Cristo, porque en él mismo está ya representado el verdadero reino, él mismo es el reino, vivir como él vivió es estar ya dentro del reino. No olvidemos que “evangelio” significa buena noticia y que la buena noticia era precisamente esa: que el reino de Dios estaba cerca de ellos, estaba, incluso, entre ellos y dentro de ellos. El reino de Dios era el mismo Jesús de Nazaret. Si somos verdaderos seguidores de Cristo, vivimos ya en el reino de Dios.
Y vio Dios su conversión de la mala vida… y se arrepintió Dios… La conversión atrae sobre nosotros la bendición de Dios, un corazón humilde y arrepentido es siempre agradable a Dios. Así ocurrió a los habitantes de Nínive, así quiere Dios que nos ocurra a cada uno de nosotros. Precisamente porque, mientras vivimos en esta carne mortal, siempre somos pecadores, por eso mismo debemos ser siempre personas arrepentidas, personas con necesitad de conversión. La conversión debe ser una actitud permanente en nuestra vida, porque siempre debemos seguir aspirando a una perfección que todavía no hemos alcanzado. Nuestra conversión será fruto de nuestro esfuerzo y de la gracia bondadosa de Dios, por eso, es bueno que todos los días digamos con el salmista: Señor, enséñame tus caminos.
La CONVERSIÓN de SAN PABLO
(A.D. 36)
La conversión de San Pablo es uno de los mayores acontecimientos del siglo apostólico. Así lo proclama la Iglesia al dedicar un día del ciclo litúrgico a la conmemoración de tan singular efemérides. "Era, se ha escrito, la muerte repentina, trágica, del judío, y el nacimiento esplendoroso, fulgurante, del cristiano y del apóstol". San Jerónimo lo comentaba así: "El mundo no verá jamás otro hombre de la talla de San Pablo".
Saulo, nacido en Tarso, hebreo, fariseo rigorista, bien formado a los pies de Gamaliel, muy apasionado, ya había tomado parte en la lapidación del diácono Esteban, guardando los vestidos de los verdugos "para tirar piedras con las manos de todos", como interpreta agudamente San Agustín.
De espíritu violento, se adiestraba como buen cazador para cazar su presa. Con ardor indomable perseguía a los discípulos de Jesús. Pero Saulo cree perseguir, y es él el perseguido. Thompson, en El mastín del cielo, nos presenta a Dios como infatigable cazador de almas. Y cazará a Saulo.
"Cuando Jesús se evade del grupo de sus discípulos, dice Mauriac, sube al cielo y se disuelve en la luz, no se trata de una partida definitiva. Ya se ha emboscado en el recodo del camino que va de Jerusalén a Damasco, y acecha a Saulo, su perseguidor bienamado. A partir de entonces, en el destino de todo hombre existirá ese mismo Dios al acecho".
Mientras Saulo iba a Damasco en persecución de los discípulos de Jesús, una voz le envolvió, cayó en tierra y oyó la voz de Jesús: Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? Saulo preguntó: ¿Quién eres tú, Señor? Jesús le respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues. ¿Y qué debo hacer, Señor?
Pocas veces un diálogo tan breve ha transformado tanto la vida de una persona. Cuando Saulo se levantó estaba ciego, pero en su alma brillaba ya la luz de Cristo. "El vaso de ignominia se había convertido en vaso de elección", el perseguidor en apóstol, el Apóstol por antonomasia.
Desde ahora "el camino de Damasco, la caída del caballo", quedarán como símbolo de toda conversión. Quizá nunca un suceso humano tuvo resultados tan fulgurantes. Quedaba el hombre con sus arrebatos, impetuoso y rápido, pero sus ideales estaban en el polo opuesto al de antes de su conversión. San Pablo será ahora como un fariseo al revés. Antes, sólo la Ley. En adelante únicamente Cristo será el centro de su vida.
La caída del caballo representa para Pablo un auténtico punto sin retorno. "Todo lo que para mí era ganancia, lo tengo por pérdida comparado con Cristo. Todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo. Sólo una cosa me interesa: olvidando lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el galardón de Dios, en Cristo Jesús". Pablo es llamado "el Primero después del único".
La vocación de Pablo es un caso singular. Es un llamamiento personal de Cristo. Pero no quita valor al seguimiento de Pablo. En el Evangelio hay otros llamamientos personales del Señor, como el del joven rico y el de Judas Iscariote, que no le siguieron o no perseveraron. "Dios es un gran cazador y quiere tener por presa a los más fuertes" (Holzner). Pablo se rindió: "He sido cazado por Cristo Jesús". Pero pudo haberse rebelado.
Normalmente los llamamientos del Señor son mucho más sencillos, menos espectaculares. No suelen llegar en medio del huracán y la tormenta, sino sostenidos por la suave brisa, por el aura tenue de los acontecimientos ordinarios de la vida, Todos tenemos nuestro camino de Damasco. A cada uno nos acecha el Señor en el recodo más inesperado del camino.
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