COMUNIDAD LATINA HOLY TRINITY

Las lecturas de este domingo nos hablan de llamadas, de vocaciones. Toda llamada es gratuita, es un don que Dios nos ha dado sin previo merecimiento nuestro. A San Pedro Jesús le llamó para que fuera pescador de hombres, al profeta Isaías Dios le llamó, entre otras cosas, para que fuera el cantor de la misericordia, de la justicia y de la gloria de Dios, a San Pablo le llamó para que anunciara el evangelio a los gentiles. También a cada uno de nosotros Dios nos llama. ¿Qué misión nos ha encomendado Dios, para qué nos ha dado la vida, cuál es nuestra vocación? Porque Dios a cada uno de nosotros nos llama por nuestro propio nombre, nos ha dado una misión concreta y determinada. Todos y cada uno de nosotros debemos ser cantores de la misericordia, de la justicia y de la gloria de Dios, predicadores de su evangelio, pescadores de hombres. Debemos hacerlo con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestra vida. La vocación se manifiesta y se realiza siempre en un momento determinado, o mejor, en sucesivos momentos determinados. Está sometida a las circunstancias históricas de un tiempo y un lugar. Cuando somos niños, Dios nos llama como niños, cuando somos jóvenes, como jóvenes, cuando somos adultos, como adultos, y cuando somos viejos, como viejos. Dios siempre nos está llamando y quiere que, en el momento histórico en el que vivamos, seamos cantores de su misericordia, de su justicia y de su gloria, predicadores de su evangelio, pescadores de hombres. Debemos hacerlo con humildad, pero con fortaleza, con valentía y con amor. Mientras vivimos tenemos la obligación de ser fieles a nuestra vocación; nuestra vocación, en este mundo, sólo se acaba con la muerte. Hasta que Dios nos llame para que vivamos definitivamente junto a él, gozando de su presencia en el cielo. Esa será la última llamada.

Por tu palabra, echaré las redes. Si nos fiamos únicamente de nuestras propias fuerzas y de nuestro propio juicio, si no nos dejamos nunca aconsejar por personas más sabias y prudentes que nosotros, es posible que nos pasemos toda la noche bregando sin haber conseguido nada. Pero si trabajamos duro, fiándonos del Dios que nos habla a través de personas y acontecimientos naturales, es seguro que, al final, la cesta de nuestra vida estará llena de frutos buenos. Fiarse de Dios es trabajar sin descanso, buscando siempre el bien y la justicia, no desanimándonos ante los momentáneos fracasos que tengamos en momentos determinados. La vida muchas veces es dura e injusta; no siempre el que más siembra es el que más recoge. Pero el cristiano no debe desanimarse nunca, no debe nunca tirar la toalla; en nombre de Dios debe siempre seguir echando las redes de su trabajo y de su esfuerzo. Al final Dios va a llenarnos las redes y tendremos lo suficiente para nosotros mismos y aún nos sobrará algo para dar y compartir con los demás.

Aquí estoy, mándame. El profeta Isaías sabía muy bien que él no era, por sí mismo, capaz de cumplir la gran misión que Dios le encomendaba; sus labios eran impuros y sus palabras torpes. Pero se sintió tocado por la gracia de Dios y comprendió que, con la fuerza de Dios, podría hacer todo lo que Dios le mandaba. Por eso, fiándose de Dios, escuchó su llamada y lleno de confianza en él dijo: aquí estoy, mándame. Seamos nosotros valientes y, en nombre de Dios, estemos siempre dispuestos a hacer lo que Dios nos manda. Por la gracia de Dios soy lo que soy. San Pablo lo tuvo siempre muy claro: él era el último de los apóstoles, pero, por la gracia de Dios, había predicado el evangelio a los gentiles más que ningún otro apóstol. La gracia de Dios no se había frustrado en él y le había dado fuerzas para predicar el evangelio a numerosos pueblos no judíos. Tuvo que padecer mucho, sufrió muchos contratiempos y fracasos, pero, fiándose del Dios que le había llamado, nunca se desanimó. San Pablo es un ejemplo inmenso de persona que se fió de Dios y que, por la gracia de Dios, siguió hasta el último momento de su vida siendo fiel a la llamada que Jesús le hizo en el camino de Damasco. Porque estaba seguro de poderlo todo en Aquel que le confortaba.

Allá van tirados por los suelos Pedro, Santiago y Juan al tropezarse de pronto con ese misterio divino que envuelve a Jesús, ese dominio sobre el mar, sobre los peces, sobre la naturaleza. Y temen, sobrecogidos, como también tiembla Isaías ante Dios Todopoderoso que le llama, como llama a Pedro, Santiago y Juan, a ser pescadores de hombres, como nos llama a cada uno de nosotros. Isaías contesta: “¡Envíame, Señor”! … y los apóstoles más sobrios en palabras dejan la barca, las redes y los peces y siguen al Señor.

¿Y nosotros? “Conocerán que sois mis discípulos si os amáis unos a otros”. Conocerán que somos cristianos, conocerán que hemos escuchado la llamada de Jesús y le hemos seguido. Después de más de dos mil años de cristianismo echa uno una mirada a la tierra y se le vuelven a uno los ojos a aquella barca de Pedro para buscar a quien parecernos y los más parecidos a nosotros son los peces metidos en la red. Todos estamos atrapados en la red de un egoísmo socializado y todos estamos convencidos que una sociedad fundamentada en la pobreza y el hambre de tres cuartas partes de la humanidad, tema que prefiero tratar el próximo domingo, el día 14, que la iglesia celebra la Campaña contra el hambre. Pero si se puede decir, aquí y ahora, que la humanidad gasta más dinero en armas para segar vidas que en alimentos para que esas vidas continúen desarrollándose.

¿Somos cristianos? Sólo lo seremos cuando dejemos la barca, las redes y los peces y sigamos a Jesús, un Jesús que tuvo hambre y sigue teniendo hambre y que tuvo sed, dolor y angustia como cualquiera de nosotros, con la diferencia que él, Jesús de Nazaret, nos tiende la mano siempre. Y nosotros apenas hacemos eso con nuestros semejantes. Y no nos valdrán sistemas políticos o económicos, mientras que no aparezca uno fundado en la hermandad de todos los hombres y mujeres, de todos, no de solo los que llevan al cuello el carné de un partido. Mientras no se busque el bien de todos y cada uno de nuestros hermanos y hermanas. Mientras que no se vea en la mano tendida de cualquiera, la misma mano de Jesús que sufre o está hambriento.

Y en esa misma dirección nos en envía Jesús que nos ha llamado, para eso nos hace profetas suyos, como Isaías, para que vayamos creando una sociedad solidaria, más austera, donde quepa la alegría de saberse de verdad hermanos. Sólo entonces dejaremos de ser peces atrapados en red.

OREMOS POR NUESTROS HERMANOS DIFUNTOS: Blanca de Galvis y Angel Maria Cobos

En el Catecsimo
CREO EN DIOS PADRE
LOS SÍMBOLOS DE LA FE
¿Qué son los símbolos de la fe?

Los símbolos de la fe, también llamados «profesiones de fe» o «Credos», son fórmulas articuladas con las que la Iglesia, desde sus orígenes, ha expresado sintéticamente la propia fe, y la ha transmitido con un lenguaje común y normativo para todos los fieles.

¿Cuáles son los símbolos de la fe más antiguos?
Los símbolos de la fe más antiguos son los bautismales. Puesto que el Bautismo se administra «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), las verdades de fe allí profesadas son articuladas según su referencia a las tres Personas de la Santísima Trinidad.

¿Cuáles son los símbolos de la fe más importantes?
Los símbolos de la fe más importantes son: el Símbolo de los Apóstoles, que es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma, y el Símbolo niceno-constantinopolitano, que es fruto de los dos primeros Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de Constantinopla (381), y que sigue siendo aún hoy el símbolo común a todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente.

¿LAMENTA SU OPCIÓN?
Si usted o alguien que usted conoce sufre debido a un aborto tenga esperanza…. sienta el amor curativo de Jesucristo.

El Viñedo de Raquel es un retiro que brinda una oportunidad magnífica para honrar a los bebes, darle esperanza a las madres y a los padres y para disipar la oscuridad con la luz y la compasión del Señor.

Su llamada y participación es estrictamente CONFIDENCIAL

Próximos retiros:
Abril 30 - May 1 and Octubre 1-3
Para informarse o registrarse comuníquese al 908-333-2262 o a cdiaz@ccdom.org

A través del perdón los brazos de Jesús te levantan (2 Co5:17)