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“No sembraste Tu buena semilla en Tu campo…” Suena a acusación, el que ha sembrado es el dueño, ellos que son sus empleados, sus asalariados, se quitan de encima toda responsabilidad. ¿Y qué has hecho? ¿Y que has hecho Tú? ¿No os recuerda algo esta escena? ¿No la hemos protagonizado cada uno de nosotros con el Señor?
No os gusta en absoluto que el trigo y la cizaña convivan, que los buenos y los malos tengan que convivir en esta vida. El Señor hizo mal sus planes. Este mundo debió ser santo y perfecto. ¡Y hay que ver qué mal le ha salido a Dios!
Y si por aquello de la libertad del hombre hay que admitir que algunos se descarríen y sean malos, sean cizaña, al menos que estén separados de los demás. Los buenos y los males aparte. Y, naturalmente, los buenos somos nosotros. Hay que arrancar de cuajo la cizaña.
“Dejadlos crecer juntos hasta la siega…” ¿Y para qué? Se puede interpretar –y se ha hecho con frecuencia que esa convivencia servirá para prueba de la virtud de los buenos, de los “así llamados buenos”. No es mala interpretación, pero yo creo que ese Señor, que es Dios, que ha creado todas las cosas, que como creo el trigo también creó la cizaña, ya más allá en sus pensamientos, y sobre todo en su corazón.
Buenos y malos son hijos suyos muy queridos, por unos y por otros ha dado su vida, a unos y a otros, los espera con los brazos abiertos. ¿No es eso una bendición de Dios? ¿No debemos estar agradecidos al amo del campo, al Señor que sea lento a la ira y rico en clemencia, cada uno de nosotros? ¿Sí cuando traspasamos esa frontera del bien al mal, inmediatamente el Señor hubiera decidido arrancar la cizaña de su campo, qué sería ahora de cada uno de nosotros?
Es que somos todos, mitad trigo, mitad cizaña. ¿No hemos sido cizaña tantas veces para los que nos rodean? No nos engañemos ninguno de nosotros es trigo limpio. Todos necesitamos de la paciencia sin límite de nuestro Padre Dios.
Por eso el Señor no quiere arrancar la cizaña hasta el fin de los tiempos, cuando uno a uno, trigo y cizaña, haya tomado su postura definitiva: o con Dios o contra Dios.
No hay que pasar por alto en esta parábola que el dueño de campo no ha renunciado a su justicia. Llegará el día en que el Señor separará el trigo de la cizaña, pero será Él con sus ángeles. Él es el único que conoce lo más hondo del corazón y sabe definir quién es trigo y quién es, en realidad, cizaña.
Pero interesa centrarse para empezar en la parábola de la cizaña. Y cuando los criados le dicen al dueño del campo que cómo es que ha surgido cizaña; que, tal vez, ha utilizado mala semilla, sin tener en cuenta la acción del enemigo, pues, en cierto modo, Jesús está previendo la infidelidad o desconfianza de muchos de sus futuros discípulos. ¿Y es que no hay miles y miles de cristianos a lo largo de muchos siglos que han echado la culpa de sus problemas e infortunios al mismo Dios, al propio Jesucristo? Y ello sin tener en cuenta la acción del enemigo, y la acción del pecado. La actitud de los criados es reticente y poco informada. Como la nuestra, muchas veces. E, incluso, han preferido derivar la responsabilidad personal hacia el amo, sin entender que este amo siempre habrá buscado la mejor semilla posible para sus sembrados. Cosa que, probablemente, tampoco nosotros, en este tiempo de hoy, reconoceríamos.
No es esa la enseñanza principal de la parábola de la cizaña. Lo fundamental es que narra y representa la misericordia de Dios, y con ella su gran paciencia. No quiere cortar las malas espigas en el momento que verdean, quiere esperar a que esas ramitas cambien y den, finalmente, buen fruto. Porque es deseable que todas las espigas sean buenas a pesar de las malas artes del Enemigo. Es obvio que la acción entre la misericordia y la justicia –ambas ineludibles—tiene su equilibrio perfectísimo en Dios. Y todo será, finalmente, como la libertad total del hombre permita. Si no quiere dejar de ser cizaña terminará seco y en el fuego. Pero la decisión habrá sido suya y habrá contado con muchas oportunidades para salir de su error.
Las otras dos parábolas muestran igualmente las características del Reino de Dios y la implicación en la construcción del mismo por parte de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Y por supuesto del nuestro. Dios siembra una semilla pequeña, la de la mostaza, y crece hasta pasar de simple arbusto a un casi árbol donde las aves pueden anidar. La levadura fermenta y esponja la masa del pan, y esta crece mucho. Es, asimismo, Dios quien facilita, y faculta, tales hechos extraordinarios. Hoy podemos saber más sobre el asombroso crecimiento de las semillas más pequeñas o de las reacciones de química orgánica que transforman muchas cosas. Pero no así en tiempos de Jesús que se tenía como extraordinario lo que hoy es explicable. Es verdad que,, todos, de niños, hemos plantado en un tiesto de nuestro balcón, una judía, una habichuela, y al emerger el primer tallo verde, hemos celebrado, con asombro, tal maravilla. En fin, Jesús va a seguir explicándonos parábolas el próximo domingo, completando así lo que se llama el “Libro de las Parábolas”
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