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COMUNIDAD LATINA HOLY TRINITY - HUMILDAD, PERO DE VERDAD
El Evangelio de hoy coloca a Jesús en una situación que podríamos llamar “comprometida”. Es sábado, día de descanso judío, ha entrado en casa de un fariseo y se ha sentado a la mesa con él, además no es un fariseo cualquiera, sino “uno de los principales”, dice el Evangelio. Además es una “comida-trampa” porque le están espiando a ver cómo actúa para después echárselo en cara. Y con todo esto, Jesús no se acobarda, sino que aprovecha la situación para hacer dos pequeñas catequesis: una sobre la v anidad y la humildad, y la otra sobre la gratuidad.
A la primera catequesis de Jesús le acompaña hoy también la primera lectura. La naturaleza humana tiende a engrandecerse y a vanagloriarse de sus propios éxitos, eso nos pasa a todos. Pero la sabiduría de la vida, y de la Palabra de Dios, nos orienta más bien hacia el camino de la humildad. Jesús veía que todos se peleaban por ocupar los primeros puestos y contó una parábola para explicar cómo Dios ensalza al humilde y corrige al soberbio. “Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Y el libro del Eclesiástico, en la primera lectura, pone la humildad por encima incluso de la generosidad: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios”.
Jesús de Nazaret hoy, mediante una parábola, nos recomienda humildad activa. No dejarnos, ni siquiera agasajar en un banquete, en un acto público. Pero, ¿para qué sirve la humildad en estos tiempos de tanto relumbrón, relaciones públicas, y méritos expresados con la mayor exageración posible? La humildad es una virtud rara, porque pocos son los humanos que la asumen sincera y completamente. La soberbia es lo contrario de la humildad y es uno de los mayores motivos de separación de Dios. La soberbia nace precisamente en personas que, tal vez, llevan un camino aceptable de perfección, pero que un exceso de autoestima les lleva a desvariar. Sería el caso del fariseo que rezaba en el lugar más importante del templo agradeciendo a Dios lo que bueno que era él mismo, cuando "el único bueno es Dios". La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes tremendos enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias. No es ocioso pedir a Dios todos los días para que nos libre de caer en las redes demoníacas de la soberbia.
Hay no obstante situaciones de vanagloria menos graves que tampoco son útiles para el cristiano. Una conformidad permanente con nuestra forma de ser o de actuar nos impedirá profundizar en los fallos personales y en errores nuestros en el trato con los hermanos. Se da mucho en gente religiosa que se siente feliz de no ser "malos como los otros" y, sin embargo, lo que están haciendo es aproximarse al fariseo del relato evangélico. Si adoramos a Dios, si aceptamos todos los días su grandeza y misericordia, vamos a entender rápidamente nuestra poquedad y de ahí nacerá el reconocimiento de que somos poca cosa. Si miramos a nuestro alrededor podemos encontrarnos con gentes ejemplares que desde una vida consagrada a Cristo estén trabajando al servicio de los más pobres, de enfermos de difícil trato o de peor aspecto. Y que, sin embargo, el "milagro" reside en que esas personas no se envanezcan íntimamente y sean capaces de pensar que el trabajo de un padre de familia para sacar adelante a su gente sea más importante que el suyo. En el reconocimiento de lo limitado de nuestra misión --y, además, poner nuestros ojos en la grandeza de Dios-- aparecerá un buen camino de humildad para nuestra vida.
La suprema humildad es cuando Dios --la Segunda Persona de la Trinidad—se anonadó hasta encarnarse hombre, hacerse hombre, y que terminó muriendo en la Cruz en unas condiciones terribles. No hay humildad mayor que esa. El camino hacia el Gólgota es un ejemplo completo de humildad y entrega. Jesús, no obstante, con su notable capacidad de maestro trazó enseñanzas concretas y afectas a la vida cotidiana para que lo entendiéramos mejor. Él era --ciertamente-- el mejor ejemplo de humildad, pero no era cuestión --sin, además, haberse completado su misión en la Tierra-- de ponerse de ejemplo. Los ejemplos de puestos principales en banquetes, bodas y celebraciones son muy habituales. Digamos mejor: siguen siendo habituales. Lo eran en tiempos de Jesús y lo siguen siendo. La gente lucha por significarse, porque le vean en el mejor puesto. Y la mayoría de las veces dicha significación vale poco. Pero no hay que ignorar algo más que hay en las palabras que Jesús nos dirige esta semana. Y es que al invitar a los pobres, a los cojos y a los lisiados señala una línea de conducta: no debemos gastar dinero en celebraciones sociales y derrochar mientras que los pobres no comen. No podemos jugar a los honores mientras que los lisiados, los cojos, los ciegos y muchas otras personas alejadas de la belleza y de la brillantez pública y corporal, por las marcas de la enfermedad, no tienen quien les visite o les ayude. Pero para llegar a prescindir de los fastos de la vida social --o a las lisonjas de la adulación-- hay que ser previamente humilde. Ahí, el Señor, en el Evangelio de Lucas que se ha proclamado hoy, marca otro camino más para elegir la "puerta estrecha" – tal como nos decía el domingo pasado-- que nos conduzca a la salvación definitiva.
Y en esa humildad -- y en la austeridad correspondiente que deja inundar nuestras relaciones, todas, con los hermanos-- reside una condición fundamental del cristiano. No construyamos una religión a nuestra medida rodeada de actos sociales llenos de vanagloria, adulación y mentira, aunque tengan lugar en el interior de una iglesia. Merece la pena leer --y releer-- con mucha atención el breve fragmento del Libro del Eclesiástico presente en las lecturas de este domingo. "Dios revela sus secretos a los humildes" ¿Podemos pedir más? En la Carta a los Hebreos --el último texto que se lee de ella en este Tiempo Ordinario-- es también una muy especial incitación a reflexionar sobre la "nueva humildad". Dios, a partir de la presencia de Jesús en la Tierra, no va a necesitar de sus atributos magnificentes y terribles. En el monte santo ya no hay fuego, ni tormenta, ni nubarrones. Hay paz. Por eso también nosotros no debemos pedir a Dios signos maravillosos, ni milagros portentosos. Debemos esperar humildemente la presencia permanente --un día-- en nuestros corazones de Dios, en la cercanía con el Espíritu Santo. Y en esa cercanía hay que orar para pedir aun mucha más humildad.
--La humildad es la verdad, decía Santa Teresa de Jesús con su sentido común castellano.
--Humildad no es la careta mojigata, denigrante y rebajada de un Tartufo, que parece ponerse bajo los pies de todos para conseguir sus fines y es soberbio como Lucifer.
--Humildad no es desaparecer de escena por miedo a ser visto, es estar y actuar sin llamar la atención, como el aire, que esta y estando nos da vida.
--Humildad es como la luz, que porque está llama nuestra atención hacia ella sino hacia los montes que ilumina, los arroyos que llena de transparencia y reflejos, las flores que vista con sus colores prestados con generosidad. Cuando la luz llama la atención sobre si misma ciega y quema nuestras pupilas.
--Humildad es la verdad ante Dios, lo que soy ante el Señor eso soy ni más ni tampoco menos, no los perifollos que me ponga, ni los tronos en que me siente, ni los títulos que me haga llamar, ni perfumes, ni vestidos, ni joyas, ni palacios, ni coches hará cambiar que lo que soy ante Dios sea más o deje de serlo. Lo que soy eso soy ni más ni menos.
Ni menos, todas las calumnias que de mí se digan, todas las malas jugadas que me hagan, nada me hará ser menos de lo que soy ante Dios.
--La humildad tiene otro nombre y es sencillez de corazón, como la sencillez de Dios que estando en todas partes no se hace notar y teniendo todo derecho a los mejores puestos no los discute con nadie, sencillez como la del Señor Jesús, que como dice la segunda lectura, no necesitó presentarse con truenos, terremotos ni fuegos, sino que fue uno más pasando desapercibido entre sus paisanos.
La misma palabra sencillez es más sencilla que la rimbombante humildad, pues el Señor nos conceda ser de verdad sencillos de corazón y pasaremos por el mundo como el aire, la luz, el agua, como el mismo Señor hecho sencillez de niño en los brazos de su Madre.
ANUNCIO
EL DIA 4 Y 5 DE SEPTIEMBRE TODOS ESTAN INVITADOS A LAS CHARLAS DE EVANGELIZACION LLAMADAS “FELIPE”. ES UN MOMENTO IMPRESIONANTE EN LA VIDA DE CADA CRISTIANO PONERSE A LOS PIES DE JESUS Y ESCUCHAR SUS ENSEÑANZAS. NO DESPRECIES ESTA INVITACION DIOS TE LLAMA A CAMINAR CON EL. Empezaremos el dia sábado 04 de septiembre a las 7:30 a.m. en la cafetería de la escuela.
Peregrinación Mariana de la Arquidiócesis
Arzobispo Myers extiende una invitación cordial al pueblo de la Arquidiócesis de Newark a unirse con él en una peregrinación a la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, Washington, DC, el Sábado, 23 de Octubre 2010.
Por favor, considere la posibilidad de parte de nuestra representación de nuestra parroquia y de los contingentes en este día lleno de gracia especial en honor a Nuestra Santísima Madre. Nuestra parroquia se irá de aquí a las 6:00 AM. El costo: $ 45. Para más información favor contactar con la coordinadora de la parroquia Yolanda Naranjo a 201-342-6022.
En el Catecismo Los siete Sacramentos de la Iglesia son:
Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden, Matrimonio
¿Cómo se distinguen los sacramentos de la Iglesia?
Los sacramentos de la Iglesia se distinguen en sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía); sacramentos de la curación (Penitencia y Unción de los enfermos); y sacramentos al servicio de la comunión y de la misión (Orden y Matrimonio). Todos corresponden a momentos importantes de la vida cristiana, y están ordenados a la Eucaristía «como a su fin específico» (Santo Tomás de Aquino).
LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA
¿Cómo se realiza la iniciación cristiana?
La Iniciación cristiana se realiza mediante los sacramentos que ponen los fundamentos de la vida cristiana: los fieles, renacidos en el Bautismo, se fortalecen con la Confirmación, y son alimentados en la Eucaristía.
EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
¿Con qué nombres se conoce el primer Sacramento de la iniciación?
El primer sacramento de la iniciación recibe, ante todo, el nombre de Bautismo, en razón del rito central con el cual se celebra: bautizar significa «sumergir» en el agua; quien recibe el bautismo es sumergido en la muerte de Cristo y resucita con Él «como una nueva criatura» (2 Co 5, 17). Se llama también «baño de regeneración y renovación en el Espíritu Santo» (Tt 3, 5), e «iluminación», porque el bautizado se convierte en «hijo de la luz» (Ef 5, 8).
¿Cómo se prefigura el Bautismo en la Antigua Alianza?
En la Antigua Alianza se encuentran varias prefiguraciones del Bautismo: el agua, fuente de vida y de muerte; el arca de Noé, que salva por medio del agua; el paso del Mar Rojo, que libera al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto; el paso del Jordán, que hace entrar a Israel en la tierra prometida, imagen de la vida eterna.
¿Quién hace que se cumplan estas prefiguraciones?
Estas prefiguraciones del bautismo las cumple Jesucristo, el cual, al comienzo de su vida pública, se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán; levantado en la cruz, de su costado abierto brotan sangre y agua, signos del Bautismo y de la Eucaristía, y después de su Resurrección confía a los Apóstoles esta misión: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19-20).
¿Desde cuándo y a quién administra la Iglesia el Bautismo?
Desde el día de Pentecostés, la Iglesia administra el Bautismo al que cree en Jesucristo.
¿En qué consiste el rito esencial del Bautismo?
El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza, mientras se invoca el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
¿Quién puede recibir el Bautismo?
Puede recibir el Bautismo cualquier persona que no esté aún bautizada.
¿Por qué la Iglesia bautiza a los niños?
La Iglesia bautiza a los niños puesto que, naciendo con el pecado original, necesitan ser liberados del poder del maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios.
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